Carlos A. Mendoza, CABI
En Guatemala son muy escasos los estudios sobre el comportamiento electoral. Una referencia importante es el libro de Boneo y Torres-Rivas (2001), titulado ¿Por qué no votan los guatemaltecos? Me gusta el título porque según los enfoques racionalistas que prevalecen en los EEUU, la pregunta a responder es otra: ¿Por qué votan?
El modelo de rational choice predice que los ciudadanos no acudirán a las urnas porque los costos de votar son mayores que los beneficios. Sin embargo, la realidad es que las personas acuden en masa para ejercer su derecho a elegir. Esto representa una paradoja, desde tiempos de Downs (1957), que se ha intentado resolver con poco éxito.
Expliquemos primero el modelo, el cual está basado en la teoría de la utilidad esperada. Según los seguidores de la escuela racionalista, los individuos irán a votar si la probabilidad de que su candidato preferido gane (Pr), multiplicada por el valor del beneficio de su victoria (B), es mayor que el costo (C) de ir a votar. Es decir que se ejercerá el sufragio únicamente si Pr * B > C. La probabilidad se refiere a qué tan decisivo puede ser nuestro voto en la definición del resultado. El beneficio puede ser tangible o no. El costo es individual, en tiempo o dinero. Por ejemplo, el costo de perder una mañana de trabajo y desplazarse varios kilómetros hacia el centro de votación.
Como es de esperarse, el modelo predice que nadie irá a votar, porque a pesar que el beneficio por la victoria de nuestro candidato sea inmenso, la probabilidad de que nuestro voto individual afecte el resultado es muy pequeña. Los costos siempre serán mayores, a no ser que sea una elección muy reñida (que nos haga pensar que nuestro voto sí puede hacer la diferencia). Adicionalmente, los beneficios colectivos que se podrían obtener con la victoria de nuestro candidato dependerán de que muchas más personas vayan a votar por él, lo cual genera un problema de acción colectiva (Olson 1965). Todos quieren gozar del beneficio, pero pocos estarán dispuestos a pagar el costo necesario para alcanzarlo.
Entonces, dada la racionalidad de abstenerse, ¿por qué votamos? Para responder a ello, los teóricos agregaron un término, llamado “D” (duty), que representa el deber cívico. Para Riker y Ordeshook (1968), “D” representa la satisfacción de los electores por cumplir con un deber cívico. Este es, entonces, un componente expresivo que inclina la balanza a favor del voto. Este término parece tener un peso importante en las elecciones de transición democrática, como se vio en Sudáfrica (1994), o en la misma Guatemala (1985, cuando hubo 69 por ciento de participación).
Con este marco de referencia, se puede entender la lógica del “acarreo” y de los almuerzos en Guatemala. Los partidos políticos intentan movilizar el voto disminuyendo así los costos del transporte y generando algún “incentivo selectivo” (lo que la prensa llama “la compra del voto”). Lo que hace suponer que el término “D” también puede hacerse tangible.
Según datos del Tribunal Supremo Electoral (TSE), en la primera vuelta realizada el pasado 9 de septiembre participó el 60 por ciento de los empadronados (2 puntos porcentuales más que en las elecciones del 2003). Lo cual podría ser el resultado de menores costos para movilizarse hacia los centros de votación, gracias a que los mismos se acercaron al votante (antes sólo se podía votar en las cabeceras municipales). Es decir, con un menor C, se facilitó que Pr * B + D > C.
Este modelo racionalista del comportamiento electoral ha sido ampliamente criticado (por ejemplo, Green y Shapiro, 1994), pero sigue siendo una herramienta útil para el análisis en términos de los costos y beneficios que enfrentan los ciudadanos. También hay otros enfoques en la literatura de American Politics para explicar el comportamiento electoral, como el que enfatiza el “compromiso cívico” (Putnam 2000), el que subraya el papel de la movilización política (Rosenstone y Hansen 1993), y el llamado “voluntarismo cívico” (Verba, Schlozman, y Brady 1995). Más adelante podríamos explicar en qué consiste cada uno de ellos y ver si nos ayudan a entender mejor el comportamiento del electorado guatemalteco.
Referencias
Boneo, H. y E. Torres-Rivas (2001). ¿Por qué no votan los guatemaltecos? Estudio de participación y abstención electoral.
Downs, A. (1957). An Economic Theory of Democracy.
Green, D. e I. Shapiro (1994). Pathologies of Rational Choice. A critique of applications in political science.
Olson, M. (1965). The Logic of Collective Action.
Putnam, R. (2000). Bowling Alone: The Collapse and Revival of American Community.
Riker, W. y P. Ordeshook (1968). “A Theory of the Calculus of Voting,” American Political Science Review, 62: 25-42.
Rosenstone, S. y M. Hansen (1993). Mobilization, Participation, and Democracy in America.
Verba, S., K. Schlozman, y H. Brady (1995). Voice and Equality. Civic Voluntarism in American Politics.
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