Por Carlos Ralón Orellana, Autor Invitado
La crisis del sector financiero de Estados Unidos, que a estas alturas ya se trasladó al sector financiero de Europa, está a punto de llevar a la economía mundial a una recesión de alcances todavía insospechados. Durante una recesión típica de la economía norteamericana, la actividad económica se mantiene contraída durante un promedio de 18 meses, y sus efectos se trasladan al resto del mundo vía los canales usuales del comercio exterior: Estados Unidos gasta menos, el resto de países le vende menos, y el ingreso de éstos últimos se reduce en proporción al peso de sus exportaciones hacia Estados Unidos. En ese sentido, una recesión típica, como las que vimos a principios de los años noventa, y luego a principios de ésta década tras el estallido del “dot-com bubble”, suele tener un efecto moderado sobre el crecimiento en las economías pequeñas como la guatemalteca.
Sin embargo, debemos mencionar que una recesión “típica” no ha sido nunca provocada por una crisis del sector financiero de la magnitud que estamos viendo ahora –al menos no desde la Gran Depresión. En el escenario actual, hay bancos importantes en Estados Unidos y Europa que enfrentan serios problemas de solvencia, en vista de las fuertes pérdidas incurridas producto de sus malas inversiones. Los que sobreviven, se han quedado sin liquidez para seguir dando nuevos créditos, incluso los más necesarios para mantener a flote el día a día de los negocios (financiamiento del capital de trabajo de las compañías, por ejemplo). Esto nos deja ver que estamos a las puertas de una parálisis económica en Estados Unidos y Europa donde la contracción de crédito de los bancos al sector real puede crear una espiral hacia abajo de quiebras corporativas, aumento del desempleo, menos consumo privado, quiebras de bancos, más quiebras corporativas y así, sucesivamente. En vista de ello, el escenario que tenemos frente a nosotros pareciera no ser el de una recesión moderada de 18 meses, sino el de una actividad económica bastante contraída por al menos 2 o 3 años, o el tiempo necesario para sanear el sistema financiero norteamericano y europeo para que el flujo de crédito a la economía recupere la normalidad. La experiencia más reciente y parecida a la situación actual ocurrió en Japón, en los años noventa, cuando la crisis financiera y la posterior recesión en ese país duró lo suficiente como para que a los noventa les llamaran la “década perdida” de Japón.
Si Estados Unidos y Europa caen en una recesión fuerte y prolongada, es de esperar que los efectos para la economía guatemalteca sean también más severos. Los canales de transmisión son bastante evidentes. 1) El sector exportador se verá afectado, no sólo por la caída de ventas a Estados Unidos, sino porque dos socios comerciales importantes –El Salvador y México- son economías fuertemente ligadas a la norteamericana. 2) Se esperaría una reducción del flujo de remesas internacionales al país. 3) La contracción del crédito en el mundo podría reducir el flujo de capitales hacia Guatemala. Con menos recursos externos para financiar el déficit de la cuenta corriente, la economía guatemalteca debería reducir el gasto total (consumo privado, inversión, gasto del gobierno) para hacer frente a esa situación, lo que provocaría menos actividad económica en el país.
Únicamente falta comentarles a los lectores de éste blog algo respecto a la política monetaria. En el 2008, la política monetaria en Guatemala ha tenido un perfil más bien contractivo. Aunque varios sectores han venido reclamando respecto a este comportamiento, considero que cierta restricción era necesaria: las continuas alzas del petróleo y otros commodities que se dieron desde fines del 2007 se estaban reflejando bruscamente en el IPC, y pudieron de alguna forma alterar las expectativas de inflación de los guatemaltecos. Esta alteración de las expectativas era peligrosa, pues se corría el riesgo de entrar en una espiral en la que los salarios, los precios de materias primas o las tasas de interés de largo plazo comenzaran a subir, alimentando de nuevo un aumento en los precios de bienes y servicios finales.
Sin embargo, en un escenario recesivo como el que enfrentamos ahora, la inflación es un problema que pasa a segundo plano, pues con menos demanda y precios de algunos commodities reduciéndose en el mercado internacional, las presiones inflacionarias deberían ser menores. De hecho, es probable que las expectativas de inflación ya se hayan moderado respecto a lo que teníamos a mediados del 2008. En ese sentido, es de esperar entonces que la respuesta de nuestras autoridades monetarias en el 2009 sea la de “soltar” un poco la rienda y dotar a la economía de mayor liquidez para hacer frente a la complicada situación que se nos viene a partir del próximo año.



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