por Carlos A. Mendoza, CABI
En los últimos días, debido a la crisis política-institucional en Honduras, se ha utilizado abundantemente el término “legitimidad”. Yo mismo lo usé en mi primera reflexión sobre dicha crisis, antes de que se diera el golpe de Estado, advirtiendo que sería un concepto clave para el debate. Por ello, compartí la definición de Juan Linz: legitimidad es “la creencia de que a pesar de sus limitaciones y fallos, las instituciones políticas existentes son mejores que otras que pudieran haber sido establecidas y que, por tanto, pueden exigir obediencia”.
Me parece que entre los politólogos esa es una definición bastante bien aceptada, pero vale la pena revisar sus orígenes. Para eso hay que acudir a uno de los gigantes de las ciencias sociales: Max Weber (1864-1920). En su famosa obra, The Theory of Social and Economic Organization, Weber reflexiona sobre las bases de la legitimidad. Para él, todo sistema de autoridad necesita cultivar la creencia en su legitimidad. Dependiendo del tipo de legitimidad que se reclama, así es el tipo de obediencia que se obtiene y el tipo de autoridad que se ejerce. Por ello, hace referencia a tres tipos de autoridad: tradicional, carismática, y racional-legal. La primera está basada en la creencia de un orden preexistente y en el cultivo de la lealtad personal. No se le debe obediencia a las reglas, sino a la persona que ocupa la posición de autoridad por tradición. Como ejemplos nos da la gerontocracia y el patriarcalismo. La segunda se fundamenta en la creencia de que ciertas características individuales, consideradas como cualidades excepcionales, son de origen divino. En este caso, el líder cultiva seguidores o discípulos, quienes creen que es su deber actuar de acuerdo a la misión que les ha sido encomendada. Lo ejemplifica con los profetas e, incluso, los héroes de guerra. La tercera surge a partir de la formalización de las reglas. La legitimidad de la autoridad es independiente de la tradición o personalidad de quien la ejerce. Las normas se establecen por consenso o imposición, pero deben mostrar cierta racionalidad y practicidad. Se basa en la creencia de que se obedece la ley o un “orden impersonal”, y no a quien ocupa el puesto de autoridad. Quien obedece lo hace en su capacidad de miembro de una comunidad y su obligación de obediencia se circunscribe a los límites impuestos a la autoridad por el mismo orden racional.
Como se hace evidente, el ejercicio efectivo de la autoridad tiene que ver con un mínimo de sumisión voluntaria, necesaria para aumentar la probabilidad de que las órdenes emanadas desde cualquier fuente (el Estado, por ejemplo) serán obedecidas por las personas. Y dicha sumisión, entonces, se basa en creencias. En el caso de la democracia representativa, parafraseando algo a Schumpter, podemos afirmar que es un método de legitimación de la autoridad de quienes detentan el poder del Estado, basado en la creencia de que la soberanía reside en el pueblo y que éste la delega a las autoridades por medio del voto popular. De esta manera, las elites compiten entre sí para tomar decisiones políticas, sin necesidad de recurrir a la violencia. Esta generalmente emerge, cuando las elites mismas, de manera suicida, socaban las bases de dicha legitimidad, violando el arreglo institucional que crearon para sostenerla.
—–
A propósito de las democracias y su componente de legitimidad carismática, me llamó la atención esta reflexión de Weber:
“It is characteristic of the democracy which makes room for leadership that there should in general be a highly emotional type of devotion to and trust in the leader. This accounts for a tendency to favor the type of individual who is most spectacular, who promises the most, or who employs the most effective propaganda measures in the competition for leadership. This is a natural basis for the utopian component which is found in all revolutions. It also indicates the limitations on the level of rationality which, in the modern world, this type of administration can attain. Even in America it has not always come up to expectations.” Max Weber, The Theory of Social and Economic Organization (New York: Free Press, 1964, p. 389).








Hola Carlos,
Creo que tu post es muy importante. Precisamente hablaba hoy con un amigo sobre legitimidad y su falta de claridad. Me parece que la definición de Linz no abarca el concepto en su inmensidad. Decir que legitimidad es equivalente a creencia implica pasividad por parte del individuo, cuando en realidad ocurre algo distinto: la legitimidad conlleva reconocimiento, y éste supone actividad y pasividad al mismo tiempo. De hecho, el término en inglés “cognition” implica acciones conscientes e inconscientes que el individuo lleva a cabo para conocer el mundo: percibir, pensar, interpretar, resolver problemas, etc. “Recognition”, por lo tanto, abarcaría lo mismo. Pienso que es importante resaltar esto porque nos permite reflexionar sobre algunas situaciones que ocurren en nuestros países. Por ejemplo, el hecho de que la gente no haga nada para cambiar una forma de gobierno y vote cada vez que hay elecciones no necesariamente significa que la forma de gobierno sea legítima; simplemente, la gente no hace nada porque no ve otra salida, otro camino. Acepta y se somete, pero no reconoce. La forma de gobierno sigue, pero no necesariamente es legítima.
La legitimidad es uno de los conceptos clave de todas las ciencias sociales, y talvez sea uno de los conceptos menos estudiados. En el fondo es una cuestión moral, ya que el reconocimiento que conlleva está basado en una idea del orden que debiera de existir, en el deber ser. Habría que leer a los filósofos morales para tener más luces sobre el tema.
Un saludo, Carlos.
Gracias Daniel por tu aporte! Si, estoy de acuerdo con vos. Veo claramente los elementos cognitivos y morales que resaltas, y tambien me preocupa el problema de la pasividad ciudadana. Por esto ultimo es que sigo creyendo que la democracia (al menos como la conocemos y practicamos) es un gobierno de elites, no del pueblo.
Gracias por el post!
Esta noticia me parece interesante, sobre todo porque según el Secretario de la OEA, al menos en el discurso, “nadie en el mundo” (refiriéndose a la comunidad internacional) muestra “un poco de sumisión” al Gobierno De Facto de Micheletti:
http://www.telesurtv.net/noticias/secciones/nota/54380-NN/insulza-nadie-en-el-mundo-apoya-a-regimen-de-micheletti/