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Violencia Juvenil: un problema de todos, parte III

1 Comment 29 Octubre 2009

por Carlos A. Mendoza, CABI

En mi primera entrega de esta serie sobre violencia juvenil (8 oct 09) escribí acerca de casos recientes en los EE.UU. y el debate que se ha generado en dicho país. Un “debate nacional sobre valores y la responsabilidad de todos para asegurar que los niños y jóvenes crecerán en un ambiente propicio y seguro.” En la segunda entrega (14 oct 09) mostré, basado en evidencia, que son los jóvenes quienes ejercen violencia, sobre todo los hombres. Además, prometí explorar respuestas dadas a la pregunta sobre las causas de la violencia juvenil masculina.

Hace dos años conocí al profesor Roger Masters, del Dartmouth College, quien plantea que la agresividad es parte integral del comportamiento de los primates y que se ha demostrado que existen substancias químicas tóxicas para el cerebro, que dificultan el control sobre dicho impulso violento. Una de esas substancias tóxicas es el plomo, hasta hace poco presente en la composición de pinturas y en la gasolina. El profesor Masters asegura que cuando se prohibió la venta de gasolina con plomo en los EE.UU. se empezó a observar un descenso en las tasas de homicidios en dicho país. Actualmente, él estudia el efecto de dos substancias químicas (H2SiF6 and Na2SiF6, llamadas en inglés como “silicofluorides” o SiFs) utilizadas para el tratamiento del agua potable en varias ciudades, pues se teme que dichas substancias faciliten el que los niños absorban el plomo presente en el medio ambiente, lo que a su vez provocaría comportamientos violentos debido al efecto neurotóxico del plomo. Esta hipótesis, que combina psicología evolutiva con neurociencia, me parece digna de estudio en el caso de ciudades tan contaminadas como Guatemala, San Salvador y Tegucigalpa. ¿Alguien sabe los niveles de plomo en el aire de esos lugares, por ejemplo? ¿Se ha medido los niveles de plomo en la sangre de los jóvenes presos en nuestras cárceles? ¿Alguien se atreve a cuestionar las tradicionales hipótesis para explicar la violencia?

A mediados de septiembre, el discurso del Alcalde Metropolitano, Álvaro Arzú, generó un interesante debate sobre el modelo de educación que influye en la formación del “buen ciudadano”. El ex presidente proponía la vuelta a un modelo “cívico-militar” que inculcara orden y disciplina en la juventud guatemalteca. También he escuchado a otras personas decir que el fenómeno de las maras se acentuó al desaparecer el reclutamiento forzoso porque, según ellas, en los cuarteles se educaba a la juventud (alfabetización, enseñanza de un oficio, amor a la patria, etc.). Este debate regresó a mi mente al leer a Joseph Campbell, experto en mitología, en una entrevista en la cual le preguntaron sobre los alto niveles de violencia en los EE.UU. (en 1988, “The Power of Myth” por Bill Moyers, pp. 8-9).

Según Campbell, una de las graves consecuencias de tener una sociedad sin rituales es una juventud que no sabe cómo comportarse de manera civilizada y, por lo tanto, actúa de forma destructiva y violenta. En palabras del entrevistador (Moyers): la sociedad no les ha provisto a los jóvenes de rituales por medio de los cuales ellos pasan a ser miembros de la tribu, de la comunidad, de manera responsable (adulta). Por eso, dice Campbell, los ritos de pubertad son importantes en muchas culturas. En las sociedades donde no existen esos ritos, explica, los jóvenes entran a pandillas donde tienen sus propios ritos de iniciación y adquieren sus propios códigos de moralidad. Pero son códigos peligrosos porque no coinciden con las reglas y normas de la sociedad. Nunca fueron iniciados en la vida en sociedad.

Por lo tanto, Campbell concluye, la violencia juvenil en nuestras sociedades modernas ocurre porque no hay “grandes mitos” que ayuden a la juventud a relacionarse con el mundo que les rodea. En el caso específico de los EE.UU., él agrega: los altos niveles de violencia se explican por la ausencia de un ethos, es decir, un conjunto de reglas no escritas pero entendidas y compartidas por todos, que rigen su forma de vida. Un entendimiento sobre “nosotros no hacemos las cosas de esa manera”. Un conjunto de instituciones informales, para usar un lenguaje más familiar en las ciencias económicas y políticas.

Sé que algo de este último planteamiento ha sido introducido en Guatemala por medio del ex alcalde de Bogotá, Antanas Mockus, pero hace falta que sea asumido y traducido en políticas públicas (incluso a nivel municipal). Cierro aquí esta serie, pero espero haber abierto el debate para trascender las explicaciones simplistas que han (des)orientado hasta ahora a nuestras autoridades.

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  1. Hoy me encuentro con una cita relevante para esta hipótesis sobre la relación entre violencia y cerebro:

    “La estimulación eléctrica o las lesiones físicas o químicas de muchas partes del cerebro (hipotálamo, amígdala, sustancia gris periacueductal entre otras) puden provocar agresividad o convertir un animal dócil en agresivo”

    “Agresividad o agresión es cualquier acto físico o amenaza de acción por un individuo que reduce la libertad o posibilidad de supervivencia (social o física) de otro”

    Ambos párrafos tomados de Mora, Francisco. 2009. Cómo funciona el cerebro, p. 381


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