por Stephanie Moll Fetzer, CABI
“La ronda actual de la política industrial, sin duda, puede producir algunos éxitos modestos y una cosecha de grandes fracasos”. (Bertran, 2010)
The Door Commitee for Enterprise Develpment [DCED] quien cita Pack y Saggi define a la política industrial como cualquier tipo de intervención selectiva o la política del gobierno que trata de alterar la estructura de la producción hacia sectores que se espera, ofrezcan mejores perspectivas de crecimiento económico a las que se producirían en ausencia de una intervención de este tipo.
Uno de los debates de la política industrial es; si ésta es realmente eficiente o no.
Así, DCED contrasta escenarios de “éxito” en ciertas economías de Asia oriental, y la más reciente de China, que a menudo se asocia con la política industrial llevada a cabo en ese país. Por otro lado, también estas políticas, son consideradas altamente erróneas, tras el escenario observado en la zona del Euro y su lucha por controlar la crisis de deuda con constantes intervenciones financieras.
Críticos señalan que las políticas industriales mal diseñadas corren el riesgo de tener peores resultados, que los supuestos fallos de mercado que pretenden resolver. La frecuente falta de transparencia y la capacidad técnica entre los responsables políticos en países de bajos ingresos, resulta en malos diseños de políticas industriales. Por otro lado, los acuerdos internacionales de comercio no permiten la flexibilidad de estas políticas y su eficiencia.
Para Justin Lin (economista del Banco Mundial), los países en vías de desarrollo, en primer plano, deben tratar de sacar provecho de los productos y los servicios que en la actualidad les sean más competitivos, acumulando así capital humano y físico que se pueda reinvertir en industrias más productivas, mientras que para Chang (también economista y promotor de la política industrial) el objetivo de la política industrial es desafiar la ventaja comparativa, “desafiar”.
Los países en desarrollo a diferencia de los industrializados se encuentran más interesados en corregir las “supuestas fallas” de mercado que los asedian, pero la capacidad del sector público para hacer frente a estos supuestos fallos, es preocupante y limitada, ya que los recursos para el control de las políticas son escasos.
Políticas en el pasado han resultado en episodios de corrupción y en captura del Estado por parte de intereses en particular. Se debe considerar entonces, que el mejor árbitro es el propio mercado.
Los defensores de la política industrial argumentan: “Lo que determina el éxito en la política industrial no es la capacidad de elegir a los ganadores, sino la capacidad de permitir a los perdedores irse.” Otra frase es, “los gobiernos tienen que tener la capacidad de reconocer errores y retirar su apoyo antes de que sea demasiado tarde, como uno de los factores claves de la política industrial”.
Pero los gobiernos no pueden elegir a los ganadores. Se debe considerar, nuevamente, que ante la imperfecta y escasa información con que cuentan terceros, es decir el estado para solucionar un problema, o realizar una intervención selectiva, lo mejor es no hacer nada, ya que el propio mercado acomodará los recursos de la forma más eficiente. Los gobiernos rara vez evalúan correctamente la relación de costos y beneficios, a diferencia de las decisiones tomadas por cada célula empresarial en la economía, por naturaleza, racionales y maximizadoras.
El error es considerar al gobierno como una fuerza correctiva de las fallas de mercado, y que esto no implica costos. Una nueva cara de intervencionismo.
La mayoría países industrializados, poseen planes para ganar cuotas del mercado global y crear empleos verdes, “una dirección preferida y deseada”. Por ende, se han inclinado a la reactivación de políticas industriales, impulsadas más recientemente, en gran medida por la debilidad económica mundial. Los gobiernos al estar bajo presión, buscan desesperadamente estimular el crecimiento y reducir el desempleo. “Ayudar a los sectores elegidos es una manera de salvar empleos”, argumentan.
Concluyendo, “la política industrial que funciona mejor se da cuando un gobierno se ocupa de ámbitos en los que tiene un interés natural, como el suministro de energía o la tecnología militar. Los mayores problemas se desarrollan cuando los políticos intervienen en ámbitos puramente privados con objetivos de corto plazo, abandonando las antiguas empresas para salvar puestos de trabajo o gastar pródigamente en elefantes blancos. La ronda actual de la política industrial, sin duda, puede producir algunos éxitos modestos y una cosecha de grandes fracasos”. (Bertran, 2010)



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