Por Miguel Gutiérrez,
Las transferencias condicionadas, que consisten en la entrega de efectivo condicionada a una conducta en particular, como enviar a los niños a estudiar o a asistir a servicios de salud, se han reconocido en el mundo como una herramienta muy efectiva de reducción de pobreza y pobreza extrema. Hoy se han convertido en la piedra filosofal de la reducción de pobreza y pobreza extrema, ya que el hecho de condicionar a los padres del envío de los niños a la escuela y a la asistencia de servicios de salud pública, en el lapso de 10 años, un periodo relativamente corto, incorpora ciudadanos con mayores capacidades al país y al aparato productivo. Adicionalmente, la conducta familiar cambia y se incrementa la valoración de los niños e incluso, dependiendo del diseño, la equidad de ejercicio de derechos económicos y ciudadanos de la mujer.
Tan efectivos programas requieren la contra partida de sistemas de implementación muy sofisticados. Estos programas son efectivos si y solo si se aplican y diseñan de forma técnicamente correcta. Así como existen experiencias exitosas también ha existido un camino de aprendizaje a través de fracasos.
Para aplicar y diseñar las transferencias condicionadas de forma correcta, se necesita hacer evaluaciones de impacto cada tiempo e ir corrigiendo constantemente el programa. Para hacer esas correcciones es indispensable hacer una línea base de las condiciones iniciales de la población e identificar los indicadores. Sin los pasos previos detallados, NO se puede evaluar el programa.
La mayoría de veces los programas no se evalúan cuando han sido manipulados de forma política, separándose de la agenda técnica, lo que provoca que: 1. No se cumplan los objetivos y; 2. No se pueda capitalizar políticamente porque la gente no es ingenua y sabe distinguir entre un programa con resultados y un programa manipulado.
Que sucede con MIFAPRO. A los tres meses de implementarse el programa se desarticula el equipo técnico que pretendía la elaboración de la línea base e indicadores, se pierde todo criterio de focalización y se extiende de forma desordenada y sin controles, curiosamente en áreas electoralmente importantes. Adicionalmente se genera una demanda de servicios de educación y salud, pero no se incrementa ni el presupuesto en salud ni los puestos de salud en el país (no se ha construido un centro de salud nuevo en poco más de tres años) y se extiende el programa a áreas donde la pobreza extrema no existe.
De tal forma el programa MIFAPRO NO se puede evaluar en termino de resultados, es técnicamente imposible obtener resultados estadísticos de fracaso o éxito, pero todo su diseño parece indicar (no es más que una conjetura ante la ausencia de datos) que su diseño no podría arrojar importantes resultados en materia de nutrición y reducción de pobreza extrema, no queda más que hacer una reingeniería profunda y técnica de los valiosos programas sociales. Guatemala no pudo hacer uso de los errores cometidos previamente por otros países, tuvo que cometer los propios, ¿Quién dijo que aprender a hacer política social es fácil?



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