por Carlos A. Mendoza, CABI
Hay quienes piensan, simplistamente, que la contienda electoral en los EE.UU. es entre dos opciones muy similares. Ese no es el caso. Por eso resulta tan importante lo que se decidirá mañana en las urnas.
Este martes el mundo será testigo del enfrentamiento entre dos visiones sobre el papel del Estado en la vida de los individuos, las familias y la sociedad en general. Una visión proclama que es mejor para todos que el Estado sea limitado, porque el individuo es quien sabe realmente lo que necesita para ser feliz. Para ellos, el Estado sólo debe ejercer funciones de seguridad y justicia, pues cualquier otra intervención sólo sirve para generar más problemas. La otra visión, en contraste, sugiere que el Estado no es un problema, sino que es necesario para enfrentar dificultades que los individuos, por sí solos, no pueden resolver. Por lo tanto, el ámbito de la acción estatal no debe restringirse sino expandirse para rescatar la economía, garantizar derechos fundamentales a todos, especialmente a las minorías marginadas, y para proveer ciertos servicios considerados como esenciales para la supervivencia, el aumento de la productividad y la calidad de vida.
Por supuesto, no estamos hablando de capitalismo versus comunismo, como en los tiempos de la Guerra Fría, sino de un capitalismo radicalizado por un sesgo pro-anarquista y de otro tipo de capitalismo moderado por la solidaridad entre ciudadanos que se entienden como corresponsables del bienestar de unos y otros, incluso inter-generacionalmente. Nos referimos a las dos tribus mayoritarias en un inmenso territorio de más de 9.8 millones de kilómetros cuadrados, y una población de casi 314 millones de personas. Se trata de una lucha ideológica que resulta relevante para el resto de tribus del plantea porque el ganador orientará las políticas de la mayor economía, la cual alimenta al Estado con el mayor poder coercitivo desde tiempos de la Roma Imperial.
El origen y la respuesta dada a la principal crisis financiera y económica ocurrida después de la Gran Depresión de los años 30s nos demuestran qué tan importantes son las consecuencias de la implementación de uno u otro paradigma. No son sutilezas las que les distinguen, ni son trivialidades las que resultan de aplicar un modelo u otro. Está bastante bien documentado cómo la desregulación del sistema financiero de los EE.UU. y su laxa supervisión propiciaron las condiciones que dieron paso a la crisis. También la evidencia apunta a que sin una intervención decidida del Estado en la economía los efectos de dicha crisis pudieron haber sido más desastrosos. Entonces, ¿por qué un grupo sigue vociferando que la culpa fue del Estado y que la solución a los problemas es menos Estado?
Volvemos nuevamente al famoso sesgo de confirmación, el que refuerza nuestras creencias preconcebidas. En lugar de examinar la evidencia de manera objetiva, tendemos a verla a la luz de aquello que previamente consideramos como bueno, bello y verdadero, aunque no lo sea. Por ejemplo, ciertamente se perdieron millones de puestos de trabajo con la crisis, y los generados no los han podido compensar al mismo ritmo. Sin embargo, cuando se critica a la actual Administración de Gobierno por ello no se considera que el número de desempleados pudo haber sido mayor de no implementarse un paquete de estímulo económico. Por otro lado, se critica el déficit fiscal y su efecto en el monto de la deuda pública, sin tomarse en cuenta el hecho que, precisamente, es en un momento de contracción económica cuando se justifica expandir el gasto público y adquirir préstamos.
Las dos grandes Tribus del Norte son los Demócratas y los Republicanos. Tienen modelos mentales bastante distintos en cuanto a política económica. Se parecen más en política exterior. En otros temas delicados, como el aborto y la salud reproductiva, tienen posturas aparentemente contradictorias sobre la relación entre el Estado y los individuos. Ya veremos cual paradigma es favorecido por los ciudadanos y por las reglas electorales que difieren en cada uno de los estados de la Unión.






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