por Carlos A. Mendoza, CABI
En el debate que hemos tenido por medio de las redes sociales, algunos me pedían que explicara en detalle los mecanismos causales que dan cuenta, teóricamente, de la correlación empírica que se observa entre desigualdad y violencia homicida. Ya lo he descrito en dos artículos publicados en Plaza Pública (2012):
¿Cómo se relacionan desigualdad y violencia? (1 de 2)
¿Cómo se relacionan desigualdad y violencia? (2 de 2)
Para complementar ese aporte, copio el resumen que presenté en el Informe Mensual de CABI, Homicidios Guatemala, Vol.1, No.5, sobre una aplicación sociológica a la violencia de las pandillas juveniles:
El sociólogo Roberto Brenneman, en su libro “Homies and Hermanos, God and Gangs in Central America” (2012), cuestiona la explicación más difundida sobre por qué los jóvenes deciden unirse a las maras o pandillas juveniles. Nos indica que la pobreza, el desempleo y las familias disfuncionales son probablemente factores que predisponen a los jóvenes, pero no es correcto afirmar que inevitablemente los conducen hacia las maras. De hecho, la mayoría de jóvenes que viven en tan adversas circunstancias no se une a ellas porque saben que estarían expuestos a peores riesgos, como convertirse en objetivo a ser eliminado por otras pandillas o a ser perseguido por el mismo Estado, cerrándose también cualquier posibilidad de empleo en el largo plazo.
Brenneman detectó por medio de múltiples entrevistas a miembros de las maras que ellos compartían ciertos atributos psicológicos, como enojo y baja autoestima. Esto le hizo darse cuenta de la importancia que tienen los sentimientos de humillación y vergüenza que, como explicamos en el Informe anterior (Homicidios Guatemala, vol.1, no.4), pueden conducir a los jóvenes a unirse a las pandillas y ejercer la violencia como forma alternativa para ganar respeto y autoestima (orgullo).
Pobreza, problemas familiares y sistemas educativos incapaces de retener a los jóvenes son factores importantes también, pero lo son como un contexto posibilitador de esos sentimientos de frustración, enojo y vergüenza que luego se transforman en violencia colectiva. Por ello, Brenneman nos sugiere acudir a la sociología de las emociones. Por ejemplo, nos invita a leer a Randall Collins, “Interaction Ritual Chains” (2004), para comprender cómo los rituales de interacción con otros nos proveen de la “energía emocional” que nos ayuda a sentirnos seguros de nosotros mismos y emprender acciones con coraje. Esto podría explicar por qué los jóvenes deciden unirse a las pandillas, en primera instancia. Por otro lado, el componente violento de su comportamiento puede comprenderse mejor como respuesta al sentimiento de “vergüenza crónica”, es decir, en búsqueda de ganar y preservar el respeto de otros. Es un intento por pasar de la invisibilidad y el anonimato social a la notoriedad pública.
Esta crucial distinción entre racionalidad y emotividad encuentra respaldo en los recientes avances de las llamadas neurociencias. El comportamiento humano no se explica plenamente por consideraciones del tipo costo-beneficio, por lo que las políticas públicas que se basan en dicho supuesto de manera exclusiva corren el riesgo de ser ineficaces.
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En este momento estamos elaborando el Informe No.11 con data y análisis sobre lo ocurrido en marzo-abril 2013.
Posiblemente organicemos en SOPHOS un evento con Roberto Brenneman, para presentar su libro “Homies and Hermanos, God and Gangs in Central America” (2012). Estar atentos!





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