por Ángel E. Álvarez, autor invitado (*)
Al escribir esta nota leo en la prensa venezolana y la colombiana. La primera refiere el optimismo del gobierno venezolano ante una inminente reunión entre Presidente Electo de los Estados Unidos, Barack Hussein Obama, y el ya tres veces reelecto (y con muchas ganas de permanecer indefinidamente en el Palacio de Miraflores), Hugo Rafael Chávez. La segunda pinta un panorama adverso para la imagen especular de Chávez en la región: el igualmente personalista, altamente popular y poco tolerante a las críticas Álvaro Uribe, de Colombia. Todo anuncia que no será fácil para Obama su relación con Chávez, si es que la inicia, pero tampoco el divorcio de Colombia, si es que lo intenta, pero mucho menos aun el dejar todo como lo dejó Bush.
“Me quiero reunir con el negro” declaró recientemente Chávez, con su característica diplomacia de arrabal. Ya Obama, al comienzo de su carrera por la nominación, había adelantado su deseo de reunirse con algunos de los así llamados por la pintoresca Sarah Palin “enemigos internacionales” de los Estados Unidos—entre ellos, el Presidente venezolano. La cosa no debe haberle gustado a los asesores demócratas para la captura del voto hispano porque, a partir de allí, Obama sólo mencionó a Chávez unas pocas veces y en tono admonitorio. En el último debate, en el que John McCain le recordó sus declaraciones, simplemente rehuyó el tema con una sonrisa. A quien no dejó de mencionar, y sin sonreír por un segundo, fue a Uribe. Respondió que no apoyó el TLC con este otro país andino porque Colombia es sospechoso de violar derechos humanos y sindicales. Uribe también felicitó a Obama, pero no se espera ninguna reunión entre ellos. Recordemos que hace apenas unas semanas, el Presidente colombiano se vio con Bush, en medio de la agria campaña electoral norteamericana. Seguramente se trataba de asuntos de Estado, pero reunirse con el menos popular de todos los presidentes norteamericanos cuando ya termina su mandato no se ve, desde fuera, como muy táctico.
Lo cierto es que a Obama le va a costar evadir la polarización que, en la región, representan Uribe y Chávez. Ya afectó los intereses estratégicos de Uribe con su rechazo al TLC. Y si continúa esa línea, tendrá que dejar de apoyar al Plan Colombia, o la deportación de colombianos a los EEUU, o el apoyo y asesoramiento a la lucha contra el narco-terrorismo y otros grupos violentos. Malo para Uribe y peor ahora cuando el tema de los derechos humanos en Colombia está hoy en día más candente que cuando Obama y los demócratas en general rechazaron el TLC: el hasta hace días glorioso General Mario Montoya ha tenido que renunciar ante las evidentes ejecuciones extra-judiciales de civiles desarmados. Uribe ha respondido airadamente a las acusaciones hechas por Human Rights Watch de flagrantes violaciones de derechos procesales en Colombia; Amnistía Internacional ha hecho lo mismo y recibió igual tratamiento. Pero el record de los derechos humanos en Venezuela no es mejor que el de Colombia. Las mismas dos organizaciones antes mencionadas han cuestionado al gobierno de Chávez y, en curiosa coincidencia de contenido, mas no de forma, el Presidente venezolano no ha ahorrado epítetos a la hora de responderles.
Obama, como todo presidente de los EEUU, necesita por ahora el suministro de petróleo venezolano. Y de Colombia necesita el control de narcotráfico. ¿Sacrificaría Obama lo primero por lo segundo o quizá viceversa? No lo creo, ni una ni otra cosa son negociables. Pero las cosas se le ponen más complejas que a Bush, para quien no era ningún problema apoyar a Uribe—al final, ¿qué era para él eso de violación de derechos humanos en los barrios pobres de Bogotá cuando la tortura es legítima en Guantánamo? Y, además, con todo y las mutuas acusaciones entre Bush y Chávez, el petróleo y los dólares pragmáticamente no dejaron de fluir de un lado al otro.
Obama la tiene más difícil: si es fiel a las posiciones normativas, pactará una “distensión” con Chávez quien, de paso y para la preocupación del Comando Sur y de la OTAN, se acerca cada vez más militarmente a Rusia. También tendría que presionar a Colombia para mejorar el record de derechos humanos. Recuerdo acá las reiteradas “desertificaciones” dadas a Colombia por gobiernos anteriores de los EEUU. Pero la política es pragmática y Obama es un político eficiente, o así parece. Por ahora, entonces, lo más probable es el status quo: sin abrazarse a Uribe le seguirá apoyando, tal vez más calladamente, en la lucha contra el narco-terrorismo, y sin alabar a Chávez (que es lo que el venezolano quisiera de Obama) seguirá tratando de defender lo más calmadamente posible (si Chávez se calma un poco también) los variados intereses de los Estados Unidos en el país petrolero. Una forma de calmar por un rato al comandante sería, por ejemplo, una visita a la Casa Blanca, la cual fue pedida tantas veces a Bush y nunca fue concedida. Pero de nuevo, eso no ayuda con Colombia… No las tiene fácil Obama en esta pequeña y macondiana área del mundo.
(*) Ángel Álvarez es Director del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad Central de Venezuela.



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