Autor: Charles D. Brockett
Fecha de lectura: Junio 2005
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¿Por qué las personas deciden protestar contra un régimen autoritario sabiendo el alto riesgo que corren de ser víctimas de la represión estatal? Si la represión genera nuevos agravios y, por lo tanto, más movilización popular guiada por las emociones, entonces ¿Por qué los gobiernos deciden reprimir protestas no violentas? Charles Brockett intenta resolver esta paradoja del círculo vicioso represión-protesta por medio de la integración de conceptos que compiten entre sí en la literatura sobre movimientos sociales, y por medio de un análisis de los casos de “política contenciosa” en El Salvador (1970s-1990s) y Guatemala (1960s-1980s). Él toma en consideración el papel que juegan los agravios y las emociones a la hora de la movilización, y explora la interacción entre ambos elementos con las nociones analíticas de la “configuración de las oportunidades políticas” y los “ciclos de contención”. Analiza también los datos sobre violencia política proporcionados por diversas fuentes domésticas y concluye que, una vez el ciclo de protesta está en marcha, la creciente represión estatal aumenta la probabilidad de que se inicien mayores niveles de movilización social. Su análisis confirma previos trabajos que han sugerido que la relación entre represión y protesta es curvilínea: la ausencia de represión o extrema represión son más efectivas para detener la movilización que la represión tímida.
Este libro pertenece al programa de investigación iniciado y coordinado por McAdam, Tarrow y Tilly sobre las dinámicas de la contención política. Brockett no sólo desea demostrar que el modelo de oportunidades políticas funciona en casos del Tercer Mundo, sino que también intenta mostrar que las emociones juegan un papel importante que puede ser fácilmente integrado a dicho modelo analítico. Él ha tenido el coraje de dar una segunda oportunidad a algunos modelos clásicos que intentan explicar las protestas y los movimientos sociales, como el modelo de privación-frustración-agresión. Toma en consideración la forma en que nuevos agravios u ofensas por parte del Estado hacia los ciudadanos afectan las emociones individuales y, en consecuencia, su determinación, compromiso y resistencia, vis-à-vis la represión violenta y las duras condiciones en que viven.
Este es un libro muy interesante a partir de un trabajo bien informado. Aunque no dice nada nuevo sobre los conflictos armados en El Salvador y Guatemala, sí cambia el enfoque analítico al pasar del análisis sobre las causas estructurales de los mismos al análisis de sus dinámicas internas. Es más sobre las acciones de los grupos organizados de la sociedad civil (sindicatos, magisterio, estudiantes y campesinos), y menos sobre la directa confrontación entre el Estado y las guerrillas. Este estimulante libro será de utilidad para estudiantes de postgrado que tienen interés en los movimientos sociales, especialmente la movilización política y la represión estatal en América Latina.
Una limitación de este libro es que en los primeros dos capítulos eleva la expectativas respecto a la posibilidad de encontrar en él un marco teórico integrado que aumentaría nuestra capacidad analítica, pero al final el análisis de los datos recolectados es bastante rudimentario. De hecho, hay una ausencia de análisis estadístico de acuerdo a los estándares cuantitativos que prevalecen hoy día entre los científicos sociales de los Estados Unidos. No hay un esfuerzo para complementar el análisis básico de figuras y tablas con datos cualitativos. Entonces, es difícil discernir la validez de las hipótesis presentadas. Por ejemplo, sería importante saber más, por medio de entrevistas a los sobrevivientes del conflicto, sobre los incentivos que podrían explicar las estrategias de los principales actores en aquellos momentos cruciales de la guerra.
Infrecuentemente la literatura sobre temas especializados, como los movimientos sociales, toma ventaja de los nuevos hallazgos en otras disciplinas. Muchas contradicciones o paradojas que Brockett señala entre el comportamiento real de los individuos y lo que la teoría de la utilidad esperada predice pueden ser solucionadas por medio de la teoría prospectiva, una teoría psicológica y cognitiva basada en la evidencia experimental sobre la forma en que los humanos tomamos decisiones. De hecho, la principal debilidad teórica de Brockett es que iguala los procesos cognitivos con la racionalidad y, por lo tanto, limita el rango de explicaciones alternativas.
De acuerdo con la teoría de la utilidad esperada, utilizada por la mayoría de académicos de la elección racional, la brutalidad extrema ejercida por el aparto estatal contrainsurgente intenta alterar la (des)utilidad esperada por los rebeldes, al aumentar la intensidad del castigo y la probabilidad de que cualquier amenaza al Estado será efectivamente sancionada. A diferencia de la teoría de la utilidad esperada, la teoría prospectiva predice que las preferencias del individuo dependen de cómo se plantea un problema. Si el punto de referencia es definido de tal forma que el resultado es percibido como una ganancia, entonces la función de valor del individuo será cóncava y tenderá a ser adverso al riesgo. Por otro lado, si el punto de referencia es definido de tal manera que el resultado es visto como una pérdida, entonces la función de valor del individuo será convexa y tenderá a asumirá riesgos. Por lo tanto, esta teoría explicaría la represión diciendo que cuando las elites estatales perciben una amenaza real al status quo, especialmente si esa percepción está basada en pérdidas reales como secuestros y actos de sabotaje, entonces es más probable que se utilice de forma desproporcionada (e ilegítima) la fuerza contra los que desafían al Estado, aún sabiendo las posibles consecuencias de un repunte en el descontento social y su movilización. Por otro lado, los trabajadores urbanos y los campesinos previamente organizados podrían arriesgarse a incrementar las protestas, sabiendo la alta probabilidad de represión estatal, debido a que pérdidas futuras podrían tener más impacto sobre sus vidas que una potencial e incierta ganancia a consecuencia de su pasividad o indolencia ante los abusos del Estado. Entonces, en este marco explicativo, no es necesario hablar de consecuencias no-intencionadas de los regímenes represivos, ni del papel de las emociones en la alteración del juicio de los individuos.
Una explicación común a los problemas en Centro América es que las elites políticas son incapaces de aprender de la historia. Esta visión fatalista explica entonces los sangrientos conflictos de la región como resultado de la repetición, una y otra vez, de los mismos errores del pasado. Podría ser, en el leguaje de la teoría de juegos, que el dilema de los prisioneros no ha sido resuelto, a pesar de muchas iteraciones, debido a la falta de mecanismos de coordinación. De hecho, la intervención de un tercero (las Naciones Unidas) fue necesaria para alcanzar la paz. Sin embargo, pienso que todos los actores políticos son capaces de aprender colectivamente a partir de experiencias pasadas. Esto significa que es posible la acumulación de conocimiento y su transmisión a las siguientes generaciones. Por supuesto, existen limitaciones cognitivas y, en ocasiones, la retroalimentación negativa del medio ambiente no es suficientemente contundente para generar cambios institucionales, o sólo se pone atención a la retroalimentación positiva (alimentándose entonces la continuidad institucional).
Sin embargo, la mayor tragedia en El Salvador y Guatemala fue que mientras la gente moría debido al choque entre las dos ideologías de la Guerra Fría, el muro de Berlín se desmoronaba. La doctrina de seguridad nacional promovida por el gobierno de los Estados Unidos en toda América Latina era el único modelo disponible para las elites estatales para lidiar con los desafíos de la insurrección popular. Para los rebeldes, la revolución armada era la única vía disponible. Los repertorios de represión y protesta eran casi siempre los mismos durante la segunda mitad del siglo veinte. Aún deben hace falta explicar la aparente estabilidad de dichos modelos para enfrentar a los que desafiaban al Estado, y de los modelos disponibles para contrarrestar las ofensas causadas por el Estado. El nuevo institucionalismo cognitivo podría contribuir en esta búsqueda por un mejor y mayor entendimiento.
Reseña bibliográfica publicada en inglés en la revista Mobilization. An International Journal. Vol. 10, No. 3 (October 2005): 450-451. Por Carlos A. Mendoza, Universidad de Notre Dame.
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