Por Carlos A. Mendoza, CABI
En mi POST anterior, titulado Bancos van, bancos vienen…, hice una comparación entre la volatilidad observada en el sistema de partidos políticos y la del sistema bancario guatemalteco. Mi principal objetivo era llamar la atención sobre los efectos negativos que pude tener sobre la economía la alta “rotación” de bancos que hemos experimentado en los últimos 17 años. Más de la mitad de los bancos existentes en 1991 han desaparecido y han sido reemplazados por nuevos.
Uno de nuestros asiduos lectores, Jorge Chang, hizo un comentario que amerita una respuesta elaborada. Jorge afirma que los incentivos permiten que algunos “mañosos entren a jugar al sistema financiero”, pero que esto puede ocurrir en cualquier tipo de industria. Siempre hay algunos que se aprovechan, pero la mayoría enfrenta incentivos de largo plazo, alineados en la dirección socialmente deseable.
Al respecto, estoy de acuerdo con que los “aprovechados” son menos que los “honestos”. Esto aplica para muchos otros ámbitos de la vida. “Los buenos somos más” dice un aspirante a la Presidencia. El problema es, precisamente, que en el sistema bancario “unos cuantos” mafiosos pueden traerse abajo todo el sistema. Debido a los problemas de información asimétrica, los ahorristas e inversionistas no tienen suficientes argumentos para discriminar entre “buenos y malos”. Así que una pérdida de credibilidad en el sistema afectaría a todos por igual. Para proseguir con los dichos: “Justos pagan por pecadores”.
La Superintendencia de Bancos, sin embargo, no ha logrado transparentar el accionar de las entidades bancarias, y los bancos no tienen mecanismos eficaces de autorregulación. Los banqueros honestos deberían ser los primeros interesados en castigar a los “free-riders” o a los que pretenden jugar al “hit-and-run”. Sin embargo, no lo hacen. Hay impunidad pública y privada.
Jorge también afirma que es “difícil dictaminar cuántos bancos debería haber, [así] como definir el número de zapaterías que deben existir.” Claro que no se trata de un problema trivial. Desconozco si existe alguna fórmula matemática que nos indique el número óptimo de bancos para una economía como la nuestra. Tampoco pretendo entrar en la discusión sobre si el mercado o el Estado deben determinar dicho número.
En cambio, quiero llamar la atención sobre tres puntos que me parecen importantes:
Primero. El sistema bancario no es comparable con la industria del calzado. El que las zapaterías nazcan y mueran, lenta o rápidamente, no tiene un efecto importante para la economía como un todo. La volatilidad del sistema bancario, en contraste, sí es relevante para la salud de la economía. Así como es importante la volatilidad del sistema de partidos políticos para la salud de la democracia (véase la abundante literatura institucionalista en la que se discute sobre las consecuencias de sistemas bipartidistas y multipartidistas, por ejemplo).
Segundo. El principal activo de una organización que realiza intermediación financiera es la confianza ante el público. Para poder tomar los activos de los agentes superavitarios, con la promesa de devolverlos en el momento que dichos recursos se requieran, sabiéndose de antemano que trasladará esos activos a los agentes deficitarios (que pueden usarlos para inversión o consumo), el banco necesita contar con la confianza de sus clientes. De lo contrario su negocio se termina. Si dicho banco pierde su credibilidad y es, consecuentemente, víctima de una corrida por parte de sus ahorristas e inversionistas, el “castigo de mercado” no sólo será para sí mismo, sino que afectará a los demás bancos del sistema pues están íntimamente interrelacionados. No sólo porque se prestan unos a otros, sino porque la credibilidad es algo que comparten.
Tercero. Mayor número de jugadores en la industria bancaria no significa mayor competencia entre ellos. Sabemos que actúan como un cartel. Por eso tienen una Asociación de Banqueros y un representante en la Junta Monetaria. Son dos de sus mecanismos de coordinación formal. Además, tienen mecanismos informales de coordinación, como cuando los Gerentes Generales de los bancos se juntan en el club para jugar al golf. En lugar de ofrecer mejores tasas a sus clientes, compiten con cancioncitas y sorteos (véase nuevamente la similitud con los partidos políticos que no compiten con base en plataformas programáticas).
Me parece que este es un tema en el cual debemos seguir profundizando. De la calidad de nuestro sistema financiero depende el desarrollo de nuestra economía.
Ultimos Comentarios