por Ariel Batres V., colaborador
En el siglo XIX vivió en la población de Tandil (Argentina) el curandero Gerónimo de Solane, al que se conocía por el mote de “Tata Dios”. El 1 de enero de 1872 dirigiendo a más de dos decenas de sus secuaces, asesinaron en dicho lugar a por lo menos 30 personas. Días después fue capturado y asesinado en la prisión.
En Guatemala existió también alguien con el mote de “Tatadiós”, cuyo nombre respondía al de Roberto Isaac Barillas posiblemente nacido en el año de 1884, falleciendo en la paz del Señor en marzo de1968.
A Roberto en el mundo del hampa y quizá desde antes de 1920 le apodaban “Tatadiós”; no se sabe el origen de semejante apelativo. Desde joven estuvo metido en problemas con la justicia; fue encarcelado y se fugó con rumbo a México donde tuvo varias aventuras que él mismo contaba, incluso al servicio de los llamados “generales revolucionarios”. Viviendo en México se preparaba para una expedición a Cuba, cuando le llegaron noticias de la lucha del movimiento unionista para derrocar al dictador Manuel Estrada Cabrera, cuya caída era inminente. A principios de abril de 1920 regresa a Guatemala con el único objetivo de cobrar venganza de sus enemigos, delincuentes como él. Al asesinar a un esbirro del gobernante, el 9 de abril de dicho año, es perseguido por la población; escapa por su vida y toca las puertas de la Penitenciaría; los guardias de la misma lo defienden y recapturan.
Estuvo más de treinta y cinco años en la cárcel y en la década de los años 50 del siglo XX por su propia cuenta decidió –y le fue aceptada la petición– continuar ahí, donde se sentía más cómodo y con protección. En más de alguna semana santa, durante el tradicional juicio de Pilatos contra Jesucristo, la multitud pidió que fuese dejado en libertad, cual si de Barrabás se tratara “pero prefería quedarse en su ‘casa’, porque estaba mas seguro”
Desde la cárcel “sirvió” a los dictadores Manuel Estrada Cabrera (1898-1920) y Jorge Ubico (1931-1944) en calidad de sádico torturador de los presos políticos que le encomendaban flagelar. Sus defensores literarios señalan que los actos delincuenciales y asesinatos que cometió no fueron su culpa, toda vez que los realizó mientras se encontraba alcoholizado. Cuando al fin sale de prisión deja de beber, se integra a la congregación de una iglesia católica y se dedica a cultivar el jardín de su casa. Una tarde, se acostó en su cama, durmiendo para nunca despertar.
Aunque hubo seis asesinatos comprobados, cometidos por él, más otros trece que se le atribuyeron sin pruebas, con él no se cumplió el principio bíblico: quien a hierro mata, a hierro muere.
Para recrear en parte lo que pudo haber sido la historia de “Tatadiós”, a continuación encontrará el lector algunas apostillas de lo escrito por varios autores. Todavía hay personas que lo recuerdan con cariño, ternura, odio o desprecio.
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